Last week, news broke that James Dean will star in a new movie-64 years after his death. A production company called Magic City got the En la historia política colombiana, las rupturas no siempre se producen de manera frontal. Muchas veces se gestan en silencio, en decisiones acumuladas, en alianzas tácticas que en el corto plazo parecen necesarias, pero que con el tiempo terminan revelando contradicciones profundas. El caso de Roy Barreras dentro del petrismo parece encajar precisamente en esa lógica: la de un actor que no llega para transformar un proyecto, sino para moldearlo desde dentro.
La trayectoria de Barreras no es lineal ni ideológicamente coherente. Ha transitado por el uribismo, se consolidó en el santismo y finalmente aterrizó en el petrismo, donde desempeñó un papel determinante en la construcción de mayorías políticas y en la articulación del triunfo electoral de Gustavo Petro. Sin embargo, ese recorrido, que en otro contexto podría leerse como experiencia política, hoy aparece como un indicador de adaptabilidad extrema, una característica que en política suele estar más cerca de la conveniencia que de la convicción.
Ese es el punto de partida de la sospecha: Roy Barreras no representa una evolución ideológica, sino una continuidad de prácticas políticas tradicionales dentro de un proyecto que prometía precisamente lo contrario. Su presencia en el petrismo no fue la de un converso, sino la de un operador. Y esa diferencia es clave para entender el momento actual.
Las alertas sobre su rol no provienen únicamente de la oposición. Han surgido desde el propio entorno del Gobierno, lo que les otorga un peso distinto. El exministro de Justicia, Eduardo Montealegre, lo expresó sin rodeos: Barreras no es un hombre de izquierda, tiene tendencias de derecha y ha demostrado actuar sin límites éticos, incluso al punto de ser calificado como un actor capaz de traicionar el proyecto desde dentro. Esta afirmación no es un señalamiento menor; implica cuestionar la naturaleza misma de su presencia en el núcleo del poder.
La creación de su propio movimiento político, La Fuerza de la Paz, profundiza esa lectura. No se trata únicamente de una estrategia electoral para ampliar bases o disputar espacios en el centro político. Es, en esencia, la construcción de un proyecto paralelo que le permite a Barreras moverse con autonomía, capturar sectores tradicionales —especialmente cercanos al santismo— y mantener una distancia calculada frente al petrismo sin romper del todo con él. Esa ambigüedad es, al mismo tiempo, su mayor fortaleza y la principal fuente de desconfianza.
El problema no es solo estratégico, es estructural. Barreras representa un tipo de política que el petrismo prometió superar: acuerdos por cuotas, negociaciones burocráticas, alianzas con sectores conservadores y prácticas que han sido históricamente cuestionadas por su carácter clientelista. Sus antecedentes lo confirman. Desde compromisos con sectores religiosos para frenar agendas progresistas hasta maniobras internas para asegurar posiciones de poder, su historial evidencia una lógica que poco tiene que ver con la transformación estructural que plantea la izquierda.
En ese sentido, su papel dentro del Gobierno no puede entenderse como una simple diferencia de matices ideológicos. Se trata de una tensión más profunda entre dos formas de hacer política: una que busca cambiar las reglas del juego y otra que ha aprendido a sobrevivir adaptándose a cualquier escenario sin alterar esas reglas.
Las recientes declaraciones de Barreras, en las que sugiere que estructuras ilegales podrían incidir en procesos electorales, terminan de configurar un escenario inquietante. No por lo que dicen en sí mismas —una realidad que ha sido denunciada históricamente en distintas regiones del país—, sino por quién las dice. Cuando una figura central del proyecto reconoce, directa o indirectamente, dinámicas de presión electoral vinculadas a actores ilegales, lo que se pone en evidencia no es una denuncia, sino una grieta interna en la narrativa del poder.
Es ahí donde la figura de Barreras deja de ser funcional y se vuelve problemática. Ya no es el operador que construye mayorías, sino el actor que expone las contradicciones del sistema que ayudó a consolidar: un petrismo de derechas.
Pero este fenómeno no parece ser un caso aislado. La presencia de figuras como el canciller Luis Gilberto Murillo refuerza la percepción de que el petrismo ha incorporado perfiles provenientes de tradiciones políticas distintas, con trayectorias que no necesariamente responden a una lógica progresista. Su paso por gobiernos anteriores y su relación con estructuras internacionales han sido señalados por sectores críticos como evidencia de una alineación más cercana a lógicas tradicionales o incluso externas, lo que vuelve a poner sobre la mesa la pregunta sobre la coherencia ideológica del proyecto.
El patrón es claro: la necesidad de construir gobernabilidad llevó al petrismo a abrir sus puertas a actores que no surgieron de su base política, sino de la estructura misma que buscaba transformar. Y en ese proceso, la frontera entre cambio y continuidad comenzó a diluirse.
La consecuencia de estas decisiones es lo que hoy empieza a evidenciarse: un proyecto político tensionado desde dentro, donde las diferencias no son solo estratégicas, sino estructurales. Roy Barreras encarna esa contradicción de manera casi perfecta. Fue indispensable para llegar al poder, pero su presencia plantea interrogantes sobre la dirección de ese poder.
La pregunta que queda abierta no es menor. ¿Puede un proyecto político sostener su identidad cuando depende de actores que no comparten su esencia? ¿O termina, inevitablemente, transformándose en aquello que prometió superar?
En el caso del petrismo, la figura de Barreras parece ofrecer una respuesta incómoda. No como una excepción, sino como un síntoma.
Porque en política, las infiltraciones no siempre llegan desde afuera.
A veces, ya están adentro.


